10/15/2010

Los selenitas de la cara oculta construían sus casas en el fondo de los cráteres más recientes, en la falsa creencia de que "el siguiente toca en otro sitio". Esta superstición está muy extendida y ha sido usada tanto por los residentes de sistemas solares jóvenes como por los soldados en todo el Universo. Lamentablemente, el que los muertos suelan estar repartidos en kilómetros a la redonda y no puedan exclamar "¡ah, pues no!" no ayuda a desmitificar la idea.



En el fondo, el llamar a aquel hemisferio la cara oculta no era sino la manera que tenían las clases gobernantes y las naciones ricas del otro de establecer una diferenciación y alejarlo de sus conciencias. Era un eufemismo mucho menos feo que llamarlo directamente "la cara pobre".


Acodado junto a la ventanilla del tren, Gurfa se entretuvo mirando valles, los mares y las montañas, bañados por la luz del Sol y las estrellas sobre ellos. La orografía de la Luna era impresionante y no tenía nada que envidiar - o eso decían- a la de la Tierra. En ambas había montañas, valles e impresionantes fallas, y si en la Tierra se veían mares de agua, en la Luna también los tenían, por mucho que estos últimos estuvieran secos y fueran enormes extensiones de tierra basáltica más oscura, resultado de erupciones volcánicas provocadas por la caída de grandes meteoritos. Tenían nombres como Mar de la Serenidad o Mar de la Tranquilidad, que representaban bien la filosofía de vida selenita, aunque otros, como el Mar de las Crisis o el Pantano de la Podredumbre, recordaran a los habitantes del planeta blanco lo mal que se podían poner las cosas de cuando en cuando y que no convenía resarcirse mucho en la abundancia.


Y eso sí, si había algún aspecto de la orografía Lunar del que los selenitas estuvieran especialmente orgullosos, se trataba, sin duda, de los cráteres, por la sencilla razón de que en la Tierra no se veían. Cientos de miles de cráteres, de todos los tamaños, cada uno con su nombre particular.


El tren entró por fin en el túnel de la frontera, que con sus casi mil kilómetros de longitud, comunicaba ambos hemisferios, salvando una cordillera de más de tres kilómetros de altura. El grupo de selenitas que viajaba un par de filas más adelante se apagó y guardó silencio durante un buen rato, tras haber estado dando la tabarra durante días, muy excitados, acerca del fin del mundo que estaba a punto de acontecer y para el que tenían que llegar a tiempo, o se lo perderían.


Gurfa poco sabía sobre el fin del mundo. Que una antigua civilización, casi prehistórica pero de astronomía bastante avanzada, había fijado el final de los tiempos para algún momento de aquel año a resultas de un acontecimiento cósmico, y poco más. Eso, claro, si no hacías caso al final, en una fecha totalmente distinta pero con resultados igualmente desastrosos, que describían los textos sagrados de cada religión, y que además no coincidían entre sí. Con todo, Gurfa no sabía por qué tendría que darle más crédito a unos que a otros, y se limitaba a vivir su vida lo mejor que podía.


Y si algo le hacía sentirse a gusto y como en casa, eso eran los túneles, como el que transitaban ahora. Eso, y la certeza de que su trabajo, por duro que fuera, era necesario para la supervivencia de la raza. Pues, como toda forma de vida que se precie, los selenitas necesitaban oxígeno y agua. El primero sólo podían obtenerlo de las rocas, que contenían un 43% de oxígeno (inconvenientemente mezclado con 21% de silicio y restos de otros elementos), por medio de un proceso de ósmosis; la segunda sólo podía existir en forma de hielo en el fondo de algunos cráteres y galerías jamás alcanzados por el Sol, que los hubiera evaporado y habría hecho que el vapor se escapara de la Luna, demasiado pequeña para atraparlo y crear una atmósfera.


Y ahí es donde entraba Gurfa. El origen del agua en la Luna era un proceso, que, como a todo buen profesional del ramo, siempre le había fascinado. Mientras que de vez en cuando caía algún cometa que traía algo de hielo, la mayor parte del agua bajo la superficie era resultado de la continua acción del viento solar sobre el hidrógeno presente en los materiales superficiales, que producía hidroxilo (OH) y agua (H2O).


En rigor, el viento solar que permitía la subsistencia de los selenitas es el mismo que, al no ser deflectado por un campo magnético (inexistente en la Luna; no se lleve usted la brújula) impediría su mera existencia. Y es que el viento solar, formado por partículas de muy alta energía y a velocidades cercanas a la de la luz, abrasarían sus células y les provocarían todo tipo de desagradables mutaciones, que harían que el estado en que quedaron los supervivientes de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki les parecieran unas vacaciones en un spa. Pero claro, no nos vamos a poner demasiado exigentes ahora, o nuestra historia se quedaría sin protagonista.


En resumen, era el trabajo de Gurfa y otros como él lo que había permitido que los selenitas abandonaran los hielos eternos del fondo de aquellos cráteres, que los habían abrigado durante milenios, y se expandieran por la superficie.


Al fin, el tren emergió a la noche estrellada, y Gurfa contempló, por primera vez en su vida, la Tierra. Colgaba justo sobre el horizonte, ascendiendo en el cielo a medida que el tren avanzaba en la oscuridad hacia el centro de aquel hemisferio, desde donde habría que mirar en vertical hacia el cenit para verla. En aquel momento una punzada de dolor le invadió, junto con el fugaz recuerdo de Silian planeando el viaje, emocionada:


- ... y así, dependiendo de la posición relativa del Sol, veremos la Tierra en fase creciente, llena, menguante, o nueva (o sea, que el Sol estará detrás y no la veremos en absoluto). Pero siempre estará ahí, suspendida en el cenit, girando majestuosamente para nosotros...

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