10/15/2010

CRONICAS DEL UNIVERSO......

Eclipse de Tierra
Por: Miguel Santander García

Gurfa jamás había visto la Tierra. Las cosas sobre su cabeza nunca le habían interesado demasiado, con la notoria excepción de posibles asentamientos de polvo y roca que sellaran los túneles superiores de la mina en que trabajaba. Su vida era la tierra - o mejor dicho, la Luna- y lo que había bajo su superficie.


De hecho, si la memoria no le fallaba, la única vez que el cielo le había resultado útil fue durante una puesta de Sol hacía muchos años, cuando se ligó a Silian (¿o había sido al revés?). Y todo porque ella era de los pocos selenitas que consideraban una puesta de Sol - que duraba 1 hora terrestre y que carecía de los tonos rojizos y violetas de un cielo que sólo conocían por las representaciones artísticas en los libros de astronomía- como un espectáculo apasionante, y porque él, tímido hasta la médula, había tenido todo ese tiempo para armarse de valor y rodearle la espalda con un tentáculo.


Aquel había sido un momento mágico. Si podías llamar momento a un rato de dos días terrestres y medio de duración. Durante el primer día, se abrigaron tras la puesta de Sol (la temperatura caía de 120º a -200º C), y Silian le explicó a Gurfa la diferencia entre periodo sinódico y periodo sideral. El resto del tiempo lo dedicaron a hacer planes de futuro y a… bueno, a hacer planes del presente más inmediato.


- ¿Sabes? -le había dicho ella -. Lo que me parece más intrigante es que la Tierra se mueva entre las estrellas y al mismo tiempo esté quieta en el cielo. ¡Ojala pudiera verla algún día!


Los selenitas no hablaban (y mucho menos español), ya que la ausencia de atmósfera en la Luna impedía la propagación del sonido y habrían tenido bastantes dificultades para hacerse entender. En lugar de ello, cientos de millones de años de evolución habían resultado en glándulas epidérmicas capaces de iluminarse desplegando una asombrosa variedad de colores (huelga señalar lo hipnóticas que resultaban las fiestas). El lenguaje resultante hacía que, de haber llegado a existir contacto con los terrícolas, expresiones como "no hagas que me sonroje" o "me pones negro" hubieran provocado, como poco, un incidente diplomático. En resumen, reproducimos aquí una transcripción aproximada de la conversación para la conveniencia del lector.


- ¿Cómo que se mueve? Pensaba que estaba fija en el firmamento, sobre el otro hemisferio...
- Claro, la Tierra está fija, pero las estrellas no. ¿Por qué crees que en verano el Sol pasa por unas constelaciones y en invierno por otras?
- Nunca lo había pensado…
- Pues sí. El Sol tarda 29 días, 12 horas y 44 minutos en volver a estar en la misma posición en el cielo. Eso es lo que dura un día, o periodo sinódico. En cambio, la esfera celeste da una vuelta completa alrededor de nosotros cada 27 días, 7 horas y 44 minutos terrestres; eso es lo que se conoce como periodo sideral. En otras palabras, el fondo de estrellas tarda un poco menos en dar una vuelta, de manera que se adelanta progresivamente según pasa el tiempo. Y mientras, la Tierra está fija, colgada en el otro hemisferio.


- ¿Y a qué se debe esa diferencia?
Ella se rió, divertida ante su extrañeza.
- A que en lo que la esfera celeste da una vuelta completa, ambos, Tierra y Luna, hemos avanzado un poco en nuestro camino anual alrededor del Sol, de manera que aún tenemos que girar un poco más para volver a tener al Sol en la misma dirección.


Veinte años y treinta y seis hermosos retoños después, ella había muerto a resultas de aquel estúpido accidente de golf, no sin antes hacerle prometer que no dejaría de hacer, por ella, aquel viaje para el que ya tenían comprados los billetes y obtenido los visados.


El golf no es un deporte muy popular en la Luna. Esto se debe a lo aburrido que resulta tener que caminar más allá del horizonte visible para recoger la pelota a cada golpe.
Una promesa era una promesa, y Gurfa la habría mantenido contra viento y marea. Es decir, de haber habido viento o mares de agua en la Luna.
Así que lo haría por ella, aunque eso significara tener que cruzar toda la cara oculta de la Luna, donde vivía, hasta el hemisferio contrario, en un viaje de casi diez mil kilómetros.
La cara oculta. Siempre le había hecho gracia aquel nombre. A Gurfa no le parecía nada oculta. ¿Y además, oculta de qué? De la Tierra, claro. Pues salvo por el hecho de que el terreno era mucho más accidentado, surcado por infinidad de cráteres -las probabilidades de que un meteorito te cayera en el cogote y destruyese tu vecindario eran mucho mayores allí, al estar más expuesta al espacio exterior- , los días y las noches eran igual de largos, y el firmamento visible a lo largo del año era el mismo, salvo por el famoso satélite de la Luna, que estaba prácticamente fijo en el firmamento de ese hemisferio.


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